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ESCRIBIENDO EXPERIENCIA Y DEJANDO LEGADO

Cada palabra que nace desde el alma es una semilla de memoria y poder.


Aquí escribimos para sanar, para mirarnos con dignidad, y para dejar un legado que inspire a otras.

Porque nuestra historia importa.

Porque merecemos contarnos con amor.

Porque cada raíz tiene su flor.


Comenzamos con este poema, un canto a la identidad, la valentía y la luz que llevamos dentro.


María y el espejo de cacao


María vivía entre montañas verdes y caminos de tierra que olían a hojas recién mojadas. Desde pequeña, había escuchado historias sobre las mujeres de su familia: todas fuertes, silenciosas y trabajadoras. Pero ninguna se había sentado a contarse a sí misma. Ninguna había dicho en voz alta: “Yo valgo por lo que soy”.


A los cuarenta y tantos, con las manos curtidas por la tierra y el corazón desgastado por años de silencio, María descubrió algo inesperado: una vieja libreta que su abuela había escondido en el fondo de una caja de madera. Allí, entre páginas amarillentas, leyó frases que jamás imaginó:

"Hoy me miré al espejo y me vi hermosa"

"Tengo miedo, pero camino igual"

"Soy más que la que cocina y cría. También soy la que sueña y se recuerda."


Algo se encendió en su pecho.


Esa noche, bajo la luna, María fue al cacaotal. Caminó descalza, como si buscara respuestas en la raíz. En el centro del terreno, donde siempre florecían los granos más dulces, se sentó y cerró los ojos. Entonces la vio: su abuela, de pie, sonriéndole. No con palabras, sino con presencia.


—Ya es hora de que te mires, María —parecía decirle—. De verdad. Sin miedo.


Al día siguiente, tomó una mazorca madura, la abrió con sus manos y sacó los granos con cuidado. Los puso sobre una piedra pulida que usaba para moler. Mientras trabajaba, recordó las palabras del cuaderno. Sin darse cuenta, murmuraba:

"Yo soy mi raíz. No nací del miedo. Fui sembrada para florecer."


Esa tarde, María colocó un espejo en medio del salón de su casa. Por primera vez en muchos años, se miró. No para ver arrugas ni defectos. Se miró para reconocerse. Para nombrarse con amor.

Dijo en voz alta:

—Soy María. Soy suficiente. Soy luz.


Desde ese día, comenzó a escribir su propio cuaderno. Escribía cada noche, aunque fueran tres líneas: una emoción, un recuerdo, un sueño, una palabra que le diera fuerza.


El cacaotal floreció como nunca. Y no era por la lluvia ni el sol. Era porque María, al fin, había comprendido que también se riega el alma.


Pasaron los años, y otras mujeres —hijas, nietas, vecinas— se acercaban a escucharla. A leer con ella. A mirarse en su espejo. Y ese cuaderno nuevo, el de María, ahora tiene muchas manos. Manos que escriben. Manos que no se avergüenzan de sentirse. Manos que, por fin, se cuentan.


FIN

 
 
 

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